Guerra Fría

Ella era respetable, una bomba atómica de deseos y perdones, y yo tenía lo mío. Disuadirla de que utilice su poderío era mi objetivo. Nuestro despliegue estratégico nos convertía en potencias, pero sabíamos de nuestras limitaciones y del riesgo de entrar en un conflicto bélico-amoroso. No era un buen momento para jugar a la guerra.
Así que cada uno jugó su papel con las armas que tenía a mano: espiar la vida del otro para conocer sus movimientos antes de que realice cada jugada; contenerla en su expansión sobre mi vida como ella lo hacía conmigo; persuadirla ideológica y psicológicamente, todo un trabajo fino que me llevó años; y subvertir a aquellos de mi entorno que no aceptasen mis reglas amorales. Claro, ella también lo hacía.
Un día comprendí el carácter cíclico del vínculo: un primer periodo de distensión, un enfrentamiento moderado, falto de conflictos y la utilización de un lenguaje afable y muchas risas. Una segunda etapa en la que aparecen signos de tensión en el lenguaje, en los gestos, en lo que el cuerpo expresa. Le sigue a este un periodo de conflictos localizados en temas puntualmente fisiológicos o carnales, cada uno retaceará su atención y su entrega al otro, como así también provocará celos y angustias varias. La tensión presente culminará con un conflicto caliente, una etapa en la que estamos al borde del enfrentamiento bélico-amoroso directo, un momento único en su especie, en donde los dos nos reconocemos distantes y extraños, mas también inseparables. Yo acerco mis misiles a sus costas y ella pone el grito en el cielo. Luego, todo vuelve a comenzar.
El muro se levantó pronto, era de esperarse, y el libre transito entre nosotros se vio reducido notablemente. Mi territorio sufrió las consecuencias de un reparto desigual, condicionado por mis creencias, mis actitudes, a la completa y eventual desaparición. Ella, por el contrario, estaba en su mejor momento. Llena de luces y poemas, largos discursos dirigidos a pequeñas masas y la convicción de que ganaría la guerra.
Yo entregué las armas y ella me compró con televisores, tostadoras y un jardín muy verde. Ganar debe tener un sabor dulce y melancólico, perder tiene el sabor nostálgico de que nunca más se repetiría lo que era. Nunca llegamos al enfrentamiento caliente. Nunca lo intentamos, por miedo, por cobardes quizás, pero mejor así…(CB)
2 Comments:
muy bueno! Por un momento parecía la historia entre Eisenhower y Kruschev...
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Anónimo, at 23/11/05 10:05
me hace acordar mucho a dos personas...
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Anónimo, at 28/11/05 16:52
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