Corazón de melón

Estaba en la góndola de los lácteos. El vapor helado parecía congelarle los dedos, con su aliento se daba calor. Entre esas nubes de vapores, me vio. Detrás de mis lentes oscuros, desvié la mirada como si pudiera verla. Pero fue inevitable el encuentro justo frente a una torre de latas de atún. Los dos teníamos los mismos tenis, la misma campera y la bufanda anudada igual. Y lo más extraño fue que comprábamos las mismas marcas.
"Pero no puede ser", pensé. Así que me acerqué a ella justo donde estaban los melones, en la góndola de las frutas. Tomé un melón y ella se aferro a mi melón. Era obvio que ya no se contentaba con tener las mismas marcas, ahora quería lo mismo que tenía yo. Tironeé y conservé el melón para mí. Fue cuando despilfarré mi último aliento en decirle lo siguiente:
- Este melón está a punto y es mío.
- Pero porqué no lo compartimos. Miti y miti si vivís solo que vas a hacer con semejante melón.
- ¡Dulce!
- Hagamos una cosa, te acompaño a tu casa, cortamos el melón en dos y lo saboreamos hasta chuparnos los dedos.
- ¡Me parece que sos una atrevida! Chuparse los dedos es de muy mala educación, ¡tengo servilletas para eso!
- Ok, como quieras. Lo único que se es que esté melón lo comemos entre los dos o no lo come nadie (apretando el melón por la punta comprobó que estaba madurito).